jueves, 14 de julio de 2011

Taller Fantasía y Ciencia Ficción: El Blábla

El Blábla

“La tarde transcurría inexorable hacia el ocaso y la noche. Yo sabía muy bien lo que las tinieblas traerían, lo había visto antes. Nunca muy de cerca, claro está, pues era muy escurridizo y siempre se desvanecía al advertir la presencia de ojos ajenos e inescrupulosos escudriñando en su búsqueda.

Mi memoria se remonta a aquella madrugada neblinosa, hará cuatro o cinco meses atrás. La recuerdo bien porque en el valle no suele haber neblina, y porque fue la primera vez que lo vi. Yo había salido muy temprano, más de una hora antes del amanecer, pues tenía que emprender un viaje largo y quería regresar esa misma noche. Así sucedió que al salir de casa, en el umbral de la puerta, me enfrenté a una oscuridad imponente. No era simplemente la oscuridad penumbrosa de la noche, esa a la que los ojos terminan por acostumbrarse, sino algo más… indefinible. Una oscuridad sólida y tangible.

Si bien mis recuerdos son siniestros, juro que en aquel momento no presté a aquello mayor atención, como así tampoco me alarmé por la falta de ruidos nocturnos, a saber grillos, pájaros madrugadores y crujidos indefinidos que configuran una noche cualquiera en un lugar como el valle.

Así fue que aquella madrugada, en medio de la oscuridad uniforme, una especie de suspiro me alarmó. Casi al lado mío, en medio de un yuyaral, se escabulló un algo desconocido. Tan fugaz e intrascendente fue nuestro primer encuentro.

La cosa podría haber acabado allí sin mayores inconvenientes, ya que es de conocimiento público que el valle está habitado por duendes y otros seres que se animan a acercarse casi hasta los umbrales de las casas. Algunos afirman que, con engaños y trucos, hasta son capaces de raptar niños a la siesta. Sin embargo volví a cruzármelo a partir de allí, muchas veces más, cuando salía de noche o de madrugada antes del alba, o cuando volvía tarde de alguna fiesta.

Comenzó a extrañarme que tuviera esa fijación conmigo, o mi casa, o lo que fuera; pero era poco lo que podía hacer para desentrañar sus intenciones. El tiempo pasó y me acostumbré a su inexplicable presencia. Ése fue un craso error, el primero de muchos.

Un día cualquiera, meses después de su primera aparición, caí en cuenta de que poco a poco, sin levantar sospecha, había ido ‘perdiendo miedo’ y se acercaba casi hasta la puerta misma, y luego tardaba más en escabullirse, haciendo más ruido. Por supuesto que nunca llegué a verlo, detrás de la inamovible sombra que se levantaba en su presencia.

Recuerdo que más de una vez amanecí y descubrí la puerta de mi casa abierta de par en par, sin cerraduras forzadas ni señal de violencia. De más está decir que yo sí la había cerrado. ¿Inquietante?, ciertamente.

Diez meses pasaron así. Y yo, por cuestiones de trabajo, tuve que mudarme del valle a un pequeño pueblo entre rápidos y furiosos ríos. Debo admitir que una parte de mí se sintió aliviada al abandonar a mi extraño acosador.

Mi tranquilidad duró exactamente 8 días o, mejor dicho, noches. Desperté sobresaltado entre alaridos estridentes y música de desastre viniendo de mi cocina. Al llegar, caos. Nada se salvó, ni las baldosas ahora partidas, ni la heladera desmembrada. Aquel fue el primer momento en el que me sentí preocupado, pero no era miedo, era ira.

Al día siguiente fui a hablar con los sabios del lugar, caminé y caminé, nadie supo contestarme sobre la espantosa presencia. –Si viene del valle allí sabrán qué hacer con él- dijeron, así que emprendí el viaje de regreso, dispuesto a acabar con el misterio. El maldito ser no era aficionado a los viajes, evidentemente, por lo que no fui molestado por unos días.

De vuelta en el valle, supuse que sólo las ancianas y los viejos conocedores de las antiguas historias podrían ayudarme. No perdí tiempo y fui en busca de ellos. Días y días, entre cerros y quebradas, me armé de paciencia para escuchar largas historias y desvaríos que nada tenían que ver con mi problema, sólo para asegurarme de que nadie podía ayudarme allí.

Decidí entonces volver a mi casa en el llano, -tal vez- me dije hablando en voz alta- no fue él quien destruyó mi cocina, después de todo nunca fue violento-.

No mentiré, la primera noche me inundó una ansiedad extrema. Le iba a dar una buena lección al desgraciado: había pedido prestado a un primo su ovejero alemán entrenado para el ataque, ‘Molotov’ lo llamaban, y era un bravo de los que ya no se ven; los adjetivos se quedaban cortos.

Me encontraba yo dormitando, tratando de escuchar cada ruido, mientras Molotov montaba guardia sobre una colcha en el umbral de la puerta, sus ojos azabache fijos en la negrura. Caí vencido por el sueño, tranquilo.

Ingenuo me llamarán algunos, pero juro que creí que los aullidos desgarradores configuraban el contexto de una horrible pesadilla que estaba teniendo, y bastante tardé en caer en cuenta de que se trataban de los agonizantes lamentos del buen Molotov.

Corrí a la entrada y me encontré con la puerta hecha pedazos, en astillas esparcida por la sala, y un charco de sangre en el umbral, ¿el cuerpo? En aquel momento pude imaginarlo claramente, arrastrado a desolados páramos o a una infernal salamanca…

Esa noche no pude seguir durmiendo. Amaneció y yo, envuelto en poncho con mate en mano, verificaba consternado que ni rastro, huella o reguero de sangre había en el lugar de la batalla. Las incógnitas rodeaban el asunto. Cosa fea.

Sin puerta y sin cocina, pero resuelto a dar batalla, ya de noche prendí un farol a kerosene, cargué mi vieja escopeta doble cañón, y me senté en mi reposera dispuesto a pasar la noche en vela a fuerza de mate amargo. Ese maldito me las pagaría a todas juntas de un par de balazos, eso podía darse por seguro.

Me madrugó un ruido fuerte, miré por la ventana: era de noche aún. Maldito el mate y maldito yo por quedarme dormido. Salí al patio, allí estaba él envuelto en sombra, y en el límite de la línea de luz del farol, la osamenta del perro ya sin nada de carne. Escalofríos y disparo certero. Nuevo disparo. Expectación. La sombra devuelve una risa, ha fallado mi plan. -¿¡Quién mierda sos!?- grité desesperado. Nada. Finalmente llega hasta mí un sonido gutural, nada placentero. Sólo entiendo algo así como Blábla.

Otro día ha pasado y ya anochece. Me quedo a presentar batalla, al igual que mi padre y el padre de su padre, y mi gente antes de la conquista. Les juro que no he enloquecido, escribo esto justamente para evitarlo, para ver que es real mientras lo leo, para que quede testimonio de estos hechos si algo llegara a pasarme.

Tengo miedo, siento ruidos afuera. Tengo cargada mi escopeta. Si salgo de ésta mañana iré a la ciudad, allí seguro que no podrá seguirme.”


Aquí se interrumpen las notas tomadas por Juan José Muñoz hasta el día anterior a su desaparición. Evidencian un claro estado de psicosis esquizofrénica por lo que se le considera una amenaza para su persona y su entorno, con posibles abscesos de violencia paranoica. Por cualquier información sobre su paradero diríjase a la comisaría más cercana o llame sin cargo al 101.
DIARIO ‘EL LIBERTADOR’

Diego E. de la Vega
Publicar un comentario